Onda, dos puntos.-

(un blog clase b)

A cuatro manos II.- Julio 14, 2008

Archivado en: a cuatro manos — ella.- @ 12:20 am

Con expresión de disgusto, estiraba las puntas de las hojas manchadas de mate y marcadas de tabaco. El Zorro miraba por la ventana y sorbía con afectación de gentil hombre su vaso de whisky, pétreo, inalcanzable, aburrido y, curiosamente, conmovedor.
La voz, rasposa y clara, se quejó:
- No puedo creer que no me lo aceptaran.
Silencio.
- No era un mal informe.
Silencio.
- ¿No?
El Zorro se volteó a mirarlo.
- ¿Y entonces? – preguntó, con vaso de whisky vacio girando cansadamente en su mano izquierda.
- ¿Por qué lo desaprobaron?
- Son cosas que pasan. Si querés seguridades, elegiste mal tu profesión – dijo, mientras se acodaba en el respaldo de la silla y volvía, imperturbable, los ojos a la ventana. La chica se sobresaltó y estiró su mano hacia la cartera, en un ademán inconcluso cuando nadie se levantó de la mesa.
Él pensó que esas eran sus últimas palabras, y, sin alegría, chistó al arrancar la punta de una de las hojas.
- Sos bueno, pibe. Muy bueno. Tenés talento, y algo que quiere expresarse a través de vos. Creo que vas a triunfar donde otros fracasamos. Pero tampoco te creas un genio por eso. Te falta ejercitar algo fundamental, todavía – barbotó – ¿Te acordás la historia que me trajiste la semana pasada? ¿La de los hermanos Devaca? Éste – y señaló con desprecio con la cabeza al Gallego, que repasaba las tazas con un trapo dudosamente limpio – lo vió a uno acá, sentado, pálido, conocía lo que se jugaba en ese partido. Pero no se avivó de nada. No te quiero decir que se trata de ser adivino, se trata de intuir que algo va a pasar e ir a buscarlo para tener algo que vivir y que contarle a otros. Como regla general de vida, no solo para el periodismo.
Ahora el callado era el otro.
- No entendés lo que quiero decir.
- No – confesó.
- Ya vas a entender.-

Escritos complementarios a cuatro manos con Ruso. Ver textos relacionados, acá.-

 

A cuatro manos I.- Julio 14, 2008

Archivado en: a cuatro manos — ella.- @ 12:16 am

Nadie sabe precisar en qué momento apareció en el bar la chica esta. A nadie le importaba mucho, tampoco. Aún cuando elegía el mismísimo día en el que todos se reunían debajo y alrededor del periodista, solía sentarse de espaldas a ellos, frente a la ventana que daba a la mal llamada Avenida San Martín, con el mp3 firmemente calado murmurándole en las orejas y los ojos marrones clavados en el vidrio. Siempre pedía lo mismo y siempre fumaba de la misma marca. Demoraba la taza en el platillo y el pago y se iba apenas minutos antes que el corrillo de hombres de la mesa del medio se disolviera, con un apuro repentino.
El Gallego, un tipo genéricamente gordo y aburrido, curioseaba de una mesa a la otra detrás del aislamiento seguro del mostrador. La pregunta que se hacía era cómo el Zorro, por lo habitual parco, se permitía no solo una ligera sonrisita de compasión cuando la chica entraba, sino que también había cambiado su lugar habitual en la mesa.
Lo que Zorro sí notaba y el Gallego no, claro, eran los ojos arrobados de la piba que espiaba por el reflejo del vidrio al novato.-

Escritos complementarios a cuatro manos con Ruso. Ver textos relacionados, acá.-